Mamá soy Paquito…

“Mamá, soy Paquito, ya no haré travesuras…” Así inicia un popular poema del extraordinario poeta y periodista veracruzano Salvador Díaz Mirón, quien a través de su pieza poética nos narra de manera dramática la perra realidad que vive una criatura que a partir de la muerte de su madre, queda en la orfandad total; echado al olvido por el padre y rechazado por la sociedad, dada su nueva y dura condición de calle.

“… el pobre chiquillo se postra en la tumba, y en voz de sollozos revienta y murmura: Mamá, soy Paquito, no haré travesuras”. Sobre la orfandad hay muchas definiciones y todas van sobre la línea de la ausencia de ambos padres o de alguno de ellos.

Otros más, afirman que no se puede hablar de orfandad cuando uno de los procreadores vive. Y también estamos los que pensamos que podemos hablar de orfandad, cuando la chamacada queda al garete por la irresponsabilidad de los padres.

“¡Qué bien que me acuerdo! La tarde de lluvia; las velas grandotas que olían a curas; y tú en aquel catre tan tiesa, tan muda, tan fría, tan seria, y así tan rechula!” Las causas que provocan una situación de orfandad, completa o parcial, son muchas y la dinámica social día con día va agregando otras tantas. La primera de ellas es por la muerte de alguno de los progenitores o la de ambos, que de alguna u otra manera, por regla general, es atenuada por la responsabilidad del sobreviviente o la intervención de los abuelos, de los hermanos mayores y en casos afortunados, por quien viene a sustituir a la parte finada.

La llamada guerra contra la delincuencia organizada, con sus muertos, desaparecidos y encarcelados, también se ha convertido en un altísimo generador de menores desamparados,  sin que éstos sean considerados por las autoridades como víctimas del delito.

De unos años para acá, las nuevas tecnologías de la información también se han sumado a las causas de ausencia de los padres, quienes, enajenados por herramientas como el WhatsApp y el Facebook, entre otras, están dejando en el abandono a sus criaturas, a las cuales solo les brindan un acompañamiento de cuerpo presente. Vamos a decir, de inútil bulto, desde el punto de vista afectivo.

“Buscando comida, revuelvo basura. Si pido limosna, la gente me insulta, me agarra la oreja, me dice granuja, y escapo con miedo de que haya denuncia. Mamá, soy Paquito; no haré travesuras…” Son miles de huérfanos los que terminan  sembrados cual semillas finas en terreno árido, y lo que es peor, rechazados por la sociedad e ignorados por el Gobierno.

En realidad no hay estadística exacta de este pasivo social. Por un lado, los números del Inegi, sacados de hospicios, hablan de una cifra cercana a los 20 mil individuos y por otra parte, el Fondo de las Naciones Unidas para la Niñez (Unicef) maneja un millón 900 mil criaturas mexicanas en tal condición.

“Los otros muchachos se ríen, se burlan, se meten conmigo, y a poco me acusan de pleito al gendarme que viene a la bulla; y todo, porque ando con tiras y sucias…” La verdad no sé cuál sea la cifra exacta, de lo que sí estoy cierto, es que miles de niños y niñas carentes de padres y de familiares solidarios son tragados por el desierto de concreto, acosados por el peligro diario, cual frutitas tiernas obligadas a madurar insanamente. Para ellos no hay políticas públicas que los rescaten, por no representar un universo que aporte relumbrón político por el auxilio que se les pueda prestar.

“Papá no me quiere. Está donde juzga y riñe a los hombres que tienen la culpa. Si voy a buscarlo, él bota la pluma, se pone muy bravo, me ofrece una tunda. Mamá, soy Paquito; no haré travesuras”. Sin duda alguna, los huérfanos en abandono son una llaga social que tratamos de ignorar. Cierto, hay leyes que obligan a los ascendientes a responsabilizarse de los huérfanos en abandono, sin embargo, no hay autoridad sensible que las haga valer, y mucho menos, responsabilidad oficial que salga en auxilio de ellos.

Resultado de imagen para Guillermo Osuna HiA propósito, a ninguno de  los candidatos a los diversos puestos les he escuchado propuesta alguna que vaya en el sentido de rescatar a los niños invisibles, como es el caso de los huerfanitos.

“Mamá soy Paquito…” Es un doloroso ruego que está a la espera de una respuesta urgente ¡Buenos días!

Guillermo Osuna Hi

 

Cubierto de jiras,
al ábrego hirsutas
al par que las mechas
crecidas y rubias,
el pobre chiquillo
se postra en la tumba,
y en voz de sollozos
revienta y murmura:
«Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«¡Qué bien que me acuerdo!
La tarde de lluvia;
las velas grandotas
que olían a curas;
y tú en aquel catre
tan tiesa, tan muda,
tan fría, tan seria,
y así tan rechula!
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Buscando comida,
revuelvo basura.
Si pido limosna,
la gente me insulta,
me agarra la oreja,
me dice granuja,
y escapo con miedo
de que haya denuncia.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Los otros muchachos
se ríen, se burlan,
se meten conmigo,
y a poco me acusan
de pleito al gendarme
que viene a la bulla;
y todo, porque ando
con tiras y sucias.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Me acuesto en rincones
solito y a obscuras.
De noche, ya sabes,
los ruidos me asustan.
Los perros divisan
espantos y aúllan.
Las ratas me muerden,
las piedras me punzan…
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

«Papá no me quiere.
Está donde juzga
y riñe a los hombres
que tienen la culpa.
Si voy a buscarlo,
él bota la pluma,
se pone muy bravo,
me ofrece una tunda.
Mamá, soy Paquito;
no haré travesuras».

Y un cielo impasible
despliega su curva.

Salvador Díaz Mirón

Esta entrada fue publicada en Notas y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario